Laicismo contaminado

La revolución del hijab ha tomado las escuelas de muchas partes del centro de España. El polémico pañuelo no deja indiferente a nadie a estas alturas. Desde hace unos días hemos conocido diversas noticias que nos informan de que jóvenes musulmanas han sido expulsadas de sus centros educativos por no aceptar normas de régimen interno que les prohíben cubrir su cabeza con un pañuelo, normas que se contraponen a las leyes estatales en centros en su mayoría públicos subvencionados con dinero también público.
Junto a esta polémica empiezan a aparecer nuevos expertos en la cultura islámica, en su mayoría occidentales, que se dedican a predicar opiniones basadas en dos noticias que se les transmiten en el telediario del mediodía, subvencionado por ideologías que presumen de progres cuando realmente son de lo más intransigente. Muchos de estos “teóricos de sobremesa” califican de indigno y misógino el culto musulmán y en concreto el uso del hijab, que tal y como afirman las jovenes musulmanas, es un pañuelo que cubre la cabeza, dejando a la vista el resto de la cara y que ellas deciden ponerse por propia voluntad, a diferencia del burka que les es impuesto. De todas maneras no nos vamos a engañar, la religión musulmana degrada a la mujer y de manera muy significativa, pero no menos de lo que lo hacen otras religiones que hasta no hace mucho tiempo relegaban a la mujer al papel de amamantadora, y no es nada ajeno a nuestras laicas fronteras, se trata de la religión católica, mayoritaria en nuestro país y, hasta hace bien poco, de obligatorio culto. Pero no hay que olvidar que los textos sagrados de ambas religiones han sido escritos por hombres y peor aún, interpretados por hombres, lo que ha dado lugar a estas actitudes excluyentes hacia la mujer desde los inicios de la praxis religiosa.
Queda demostrado entonces que es tal el progreso ideológico de nuestro país que somos capaces de menospreciar cualquier tipo de creencia metafísica hasta el punto de hacernos creer a nosotros mismos que, en realidad, queremos una sociedad laica. Muy bien, retiremos entonces los crucifijos y los rosarios de las aulas de todo nuestro territorio, así podríamos comprobar si las mentes españolas son tan tolerantes como presumen o si, por el contrario, siguen guardando el poso de ese fanatismo religioso con el que se les bombardeó durante más de cuarenta años de dictadura franquista.
Una tradición creada por hombres y para hombres
En los últimos días hemos asistido a un intenso debate sobre el velo islámico en nuestro país. Unos sostienen que el hiyab es un símbolo de identidad que no supone sometimiento y otros tachan esta prenda de discriminatoria, machista y retrógrada. Para defender su tesis cada cual se sirve de distintos argumentos apoyándose tanto en la opinión del colectivo islámico como en la fundamentación de los derechos humanos respectivamente.
“Los musulmanes tienen derecho a mantener sus tradiciones en su lugar de residencia”. La constitución española recoge la libertad de culto y opinión y según este argumento las mujeres islámicas estarían en todo su derecho de llevar el velo. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando esta tradición atenta contra la libertad femenina? Los hombres no tienen que ir cubiertos pero las mujeres sí y muchas tienen que cubrirse con el hiyab por mera imposición de su marido o padre. Incluso algunas madres obligan a sus hijas a taparse de igual manera que ellas para mantener el decoro y la reputación. Una tradición creada por hombres que afecta a las mujeres y que poco tiene que ver con la religión y la identidad. Las tradiciones se pasan de generación en generación y se aprenden del mismo modo que uno aprende a escribir. La educación que uno recibe en la infancia puede condicionarlo para toda la vida. De esta forma, muchas mujeres creen que llevar el velo es correcto puesto que lo marca la tradición.
La única manera de solucionar este debate que afecta a numerosos países es que el propio colectivo islámico se de cuenta de que esta tradición no tiene fundamento alguno. Hay ya algunos musulmanes que empiezan a cuestionarse este hecho pero la gran mayoría sigue anclada en una tradición dañina creada por hombres y para hombres.
Camino a la discriminación
La decisión del colegio de la Comunidad de Madrid por no aceptar a la niña de 16 años por llevar la cabeza cubierta con un velo, se ha convertido en una gran polémica. La Constitución española estable el derecho a la igualdad. El instituto Pozuelo de Alarcón está dando paso a la discriminación con el rechazo de Najwa por llevar el hiyad.
Najwa, niña musulmana, tiene el derecho de vestir como quiera como todos los españoles. No por el simple hecho de ser musulmana y querer hacer símbolo de su cultura, religión, no tienen porque rechazarla. Sino por ejemplo, como en los institutos permiten la nueva moda de que lo jóvenes vaylan enseñando la ropa interior por no llevar el pantalón bien colocado en la cintura.
Cuando las mujeres que no son musulmanas van a un país de religión musulmana no las obligan a llevar velo, porque respecta nuestra cultura y nuestras formas de pensar. Pero nosotros en cambio rechazamos a una niña por su forma de vestir. Llevando a esa niña a una discriminación.

¿Tradición “decorosa”?
Otra vez más podemos ver cómo compatibilizar libertad de expresión y respeto humano resulta un complicado.
En estas últimas semanas hemos asistido a la gran polémica que ha suscitado la presencia de una joven con hijab en un instituto de la Comunidad de Madrid, el cual no la ha aceptado por este hecho, llevar la cabeza cubierta.
El tema se está tratando, sobre todo, desde un punto de vista de intransigencia por parte del instituto pero deberíamos ir a más allá y ver el por qué de esa postura. El centro educativo tiene unas normas, y como tales, las ha de cumplir, permitirle a esta joven llevar la cabeza cubierta llevaría consigo permitir a los demás alumnos hacer lo mismo porque, al fin y al cabo, llevar cubierta la cabeza es un símbolo de identidad ya sea social, religioso o de cualquier otro tipo sin entrar en polémicas de por qué unos degradan la igualdad y otros no.
Puede que el velo sea una señal de identidad cultural pero, seamos claros, una señal muy mal interpretada. En ninguna parte del Corán se explicita, ni siquiera se alude, la necesidad de un total cubrimiento del cuerpo femenino. No me imagino que está práctica fuese inciada por una mujer, sino más bien por la sociedad musulmana masculina que siempre, o al menos en su gran mayoría aunque siempre quedan personas ilustradas que saben interpretar las palabras como son y no como quieren que sean, ha tenido a sus mujeres relegadas a un segundo plano y es, exactamente eso lo que el velo refleja, la transparencia de la mujer y ¡adiós a la igualdad!
Resulta irónico pensar que si nosotras, mujeres europeas del siglo XXI, vamos a un país teocrático como Arabia Saudí o Irán, nos obligan a ir tapadas de pies a cabeza sin respetar nuestras posición respecto a eso, y ¿qué hacemos nosotros en gran parte? Respetar sus normas. En cambio, aquí, en vez de respetar las nuestras e intentar comprender lo que para nosotros significa respeto, intentan aplicar su ley. Su ley, ¿aquí y allí? Eso sí que no es respetable.
¿De qué hablamos entonces? ¿De burdas interpretaciones de lo que dicen los escritos sagrados de una religión? ¿De una sociedad que por tradición mantiene a la mujer en desigualdad con ciertas costumbres y parece ir con cinco siglos de atraso social? ¿De un país que intenta salvaguardar la igualdad y preservar la dignidad humana?
¿Quién es aquí el malo?
El tupido velo
“Corramos un tupido velo”. Hoy en día seguimos dándole vueltas a lo que dijo hace siglos un filósofo, aunque no solo en el sentido al que éste se refería.
La polémica desatada por la joven de 16 años al no ser aceptada por la dirección del colegio al llevar velo, en la comunidad de Madrid, se ha convertido en un debate de pronunciamiento ya poco menos que internacional.
Por un lado se cuestiona la moralidad en el marco legal de algunos de los preceptos dictados en libros religiosos, como en este caso es el Corán (aunque bien podría haber sido cualquier otro), en el que continúan dogmas (trasmitidos a los profetas hace un montón de siglos) sin actualizarse a la nueva sociedad ni, por lo tanto, a la nueva moral.
Sin embargo, también se debe tener en cuenta las libertades de cada persona; entre las que está la de vestir de acuerdo con sus ideales, siempre de forma voluntaria, es decir, que no sea símbolo de sometimiento. Así, puede haber mujeres musulmanas que consideren apropiado el uso de este complemento de acuerdo con su religión y otras que por el contrario, lo consideren innecesario. La libertad de decisión en estos temas, por los afectados de forma directa, es lo realmente fundamental.
No obstante, tanto los musulmanes como los no-musulmanes que parecen tan preocupados a la hora de esclarecer si tras este velo hay o no sometimiento, se están olvidando de otros derechos tan fundamentales como la protección del menor, al tomar a esta joven menor de edad como centro del tema “de la discordia”: ¿corramos o no corramos “el” tupido velo?
Para leer y comentar en abril (III)
- Selecciono el siguiente artículo de opinión de La Voz de Galicia para leer y comentar en clase:

Discriminación, no religión, de Yashmina Shawki ( La Voz de Galicia, 28-04-2010)
Más información sobre el tema en los siguientes enlaces:
“Este falso debate puede llevarnos a una fractura social”
Najwa vuelve a clase en un instituto cercano al que no la admitió por llevar el velo
- Estudiaremos el significado de las siguientes palabras y expresiones:
1)
versículo
azora
decoro
precepto
teólogos
por ende
teocráticos
vulnerar
retrógrados
La foto es de flickr, con licencia Creative Commons. Se la debemos a Covered Ladies Designs
Los cuentos, cuentos son
Los cuentos populares se utilizaron a lo largo de los tiempos con el fin de trasmitir enseñanzas a sus oyentes: buscaron prevenir de peligros como los que puede acarrear el dejarse engatusar por desconocidos (la vieja de la casa del bosque en Hansel y Gretel), las consecuencias de desobedecer las indicaciones de una madre (en Caperucita), o de la envidia (en La Cenicienta, quien a pesar de los intentos de sus hermanastras de fastidiarle el plan, es ella quien se queda con el príncipe).
Sin embargo, hoy parecemos estar tan preocupados en acabar con el más mínimo indicio que lleve a la desigualdad entre géneros, que nos olvidamos de estos otros valores que transmiten. Es cierto que en estos cuentos, el papel masculino es el dueño y señor de la acción: son ellos tanto el motivo de disputas entre las mujeres, como quienes les salvan la vida. Esto se debe a que el papel masculino en la sociedad de ese momento era el dominante, pero no significa que tengamos que reconstruir las historias para convertirlas en lo que hoy consideramos ético, pues debemos diferenciar las actitudes sociales anteriores de las actuales.
Esta preocupación puede ser lógica, pero entonces, por qué no fijarse también en aspectos como la agresión a los animales: en Los siete cabritillos, para librarse del lobo cometen atrocidades como cortarle la tripa para rellenársela con piedras y que así se ahogue cuando lo tiren al río.
Los cuentos forman parte de la cultura de cada país, por esto, no hay que erradicar todo lo que no consideremos correcto para la sociedad actual, sino que se debe fomentar una actitud libre y critica para cada persona, que otorgue capacidad de valoración. Como se suele decir: “los cuentos, cuentos son”. Pero la vida, no es un cuento.
La censura en los tiempos de Franco

“¿Ataca al dogma?
¿A la moral?
¿A la iglesia y a sus ministros?
¿Al régimen y sus instituciones?”
Con estas preguntas comenzaba el censor su Informe sobre el libro Fiestas, de Juan Goytisolo.
El País de hoy publica un reportaje, triste y divertido a la vez, sobre la censura en los veinte últimos años del franquismo. Escritores de la talla de Gil de Biedma, Juan Marsé, Francisco Ayala o Antonio Gamoneda vieron cómo unos oscuros personajes mutilaban sus obras o impedían que las publicasen sin más. Dice Juan Goytisolo: “Entre el 63 y el 75 todo lo que escribí fue prohibido”. Los calificativos que los censores “propinaban” a estos escritores de pro, vistos desde nuestros días, resultan hasta graciosos. Os copio a continuación el comienzo del reportaje y os invito a que lo leáis completo. Es un buen complemento a los temas de la literatura posterior a la Guerra Civil que estamos estudiando.
Poetas malos, cursis y snobs. Escritores resentidos que leían y veían marranadas cuando salían al extranjero a puerquear con mujeres fáciles. Rojos. Pseudointelectuales. Esquizofrénicos que escupían alusiones vejatorias a la cruzada en la guerra de liberación. De entre todos ellos, de entre ese hatajo de perdedores, quien más quien menos tiene hoy el Premio Nacional de las Letras o el Cervantes. Autores como Juan Marsé, Francisco Ayala, Antonio Gamoneda o Jaime Gil de Biedma soportaron el lápiz censor de un ejército de lectores a los que nadie conocía -muchos curas y ex militares- que firmaban con un cobarde número para prohibir o ridiculizar sus obras. Porque así era, literalmente, como el régimen les describía a ellos y a sus textos.
La imagen es de flickr, publicada por
El CenicientO
El Ministerio de Igualdad quiere modificar nuestros cuentos infantiles. Bibiana Aído afirma que Blancanieves, La Bella Durmiente, Cenicienta están cargados de machismo. Muchos de nosotros hemos crecido con esos cuentos maravillosos y los niños de ahora siguen creciendo con ellos.
Modificando estos cuentos, lo único que lograrán será que nadie los compre, y lo peor es que nadie los leerá. En mi opinión, modificando estos relatos, perderán toda su magia. Nadie se imagina a Cenicienta poniéndole el zapato al príncipe, o al príncipe de La Bella durmiente trabajando en la rueca y dormirse hasta que una bella princesa lo viene a besar.
Los niños sueñan con ser príncipes y las niñas princesas. No hay ningún niño que sueñe con ser una princesa, ni ninguna niña con ser un príncipe, aunque puede haber de todo.
En conclusión, El Ministerio de Igualdad no debería cambiar, ni mucho menos retirarlos, porque entonces muchos niños perderán la ilusión y muchos de ellos las ganas de leer.

Caperucita y el “nuevo lobo”

Las célebres y mundialmente conocidas Caperucita Roja, Cenicienta y Blancanieves parecen no “molarle” al Ministerio de Igualdad. Estas encantadoras muchachas, las cuales pueden presumir de seguir a la moda pasados ya “unos cuantos añitos”, se han topado con un obstáculo en su ya rutinario éxito infantil. Parece ser que esta destacada institución, famosa por el ahínco que le dedica a las menudencias y el simple vistazo que le da a los problemas, se ha propuesto convertir a los críos en expertos analistas de la literatura. Sería conveniente, dicen, que los padres les explicaran a sus hijos el papel pasivo y sumiso que representa la mujer en las obras de Perrault o los hermanos Grimm. Paciencia les queda a aquellos valientes que le intenten explicar a un niño o niña de 6 años este “marrón”. ¡Me parece a mí que el Santo Job acabará por perder el puesto!
Los niños de 6 años en general -siempre hay alguna excepción- no conocen a los hermanos Grimm o a Perrault pero saben ver un buen relato, con gancho, con protagonistas buenos y antagonistas crueles que no dejan de dar la vara hasta el desenlace. ¡Y qué mayor homenaje se le puede hacer a un escritor que leer sus obras tropecientas veces! Probablemente si nos pusiéramos a explicarle a un crío los diferentes roles que desempeña cada cual en la obra éste pasaría de leer, lo cual sería peor que el problema que presenta el Ministerio de Igualdad. Debemos tener en cuenta que los niños crecen y maduran y por lo tanto su capacidad crítica también. No creo que ninguna niña de 10 años siga emperrada en ser como Blancanieves teniendo en cuenta que tendría que padecer siete enanos sucios, desordenados y, francamente, poco atractivos antes de poder casarse con el príncipe. El fin no compensa tantos esfuerzos y las niñas pasan de Blancanieves para centrarse en otras metas más ambiciosas que un príncipe empalagoso, temático y, quizás, con problemas de solvencia ya que no llegamos a ver si ese palacio ideal existe o es sólo una fanfarronería para llevarse a la princesa.