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Sola en casa…

Posted by julianieto on marzo 14, 2015 in Relato |

soledad

 

¡Bum!
Segunda vez ya. No soy capaz de girarme a ver que he tirado esta vez. Ni siquiera siento dolor, pese a que se me ha caído en el pie. Me doy cuenta de que llevo mucho tiempo con la boca abierta. ¿Puedo cerrarla? No, ni siquiera puedo. La cabeza me da vueltas ¿o es mi cuerpo? Y pensar que fue él quien me ha metido en todo esto… no me lo esperaba. Casi sin darme cuenta he llegado al portal 6 de la calle de la Concordia. Bien, mi subconsciente funciona, eso es un punto más en el marcador.
¿Y las llaves? No las encuentro, bueno, si es que las estoy buscando, porque mi cuerpo hace tiempo que no me obedece. Tendré que empujar, mi hermana solía hacer que cediera cuando no tenía llaves y al tercer empujón, la madera, debilitada por los años, dejaba pasar. Me da la sensación de que vaya por donde vaya, hay una pared. El aire caliente que golpea mi cara me indica que ya estoy en el ascensor. ¿Número? Un acto que debería ser mecánico se convierte en mi peor pesadilla. Siento que las lentillas que siempre llevo, se han derretido y no me dejan ver. Pulso (o intento pulsar) un botón. Espero dos segundos interminables al tirón que suele acompañar a la subida, pero no llega. Vuelvo a intentarlo, esta vez sí, pese a ello, la sensación de inquietud no me abandona. Miro al espejo que cubre un lado del ascensor. ¿Quién será esa chica? Su pelo está despeinado y aparenta sucio, no brilla como solía hacerlo. Sus ojos están muy abiertos y una franja de oscuridad se extiende bajo ellos. No sonríe. Sus oyuelos, que solían estar marcados profundamente han desaparecido, y sus labios entreabiertos, enfocan hacia abajo. Parece triste cuando me mira. El elevador se detiene y salgo. Un recuerdo se me clava en la mente. Mamá dijo que dejaría las llaves debajo del felpudo. Me agacho y lo levanto. Nada. El buzón, sería otra opción en la cabeza de mi madre. Introduzco la mano y palpo algo frío. El tintineo que produce al elevarlo me alegra. Tontamente, las introduzco en la cerradura y entro. Todo está a oscuras. Busco el interruptor en la pared, pero no hay nada. En mi cabeza parece haberse asentado una orquesta, así que, chocando a cada paso, voy hasta mi habitación. Me acurruco en mi cama y el sueño no tarda en llegar… y en irse. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando me levanto. Olvidé que cuando añades demasiadas substancias que el cuerpo no acepta, lo más seguro es que las devuelva. Con la horrible sensación de vómito corro hacia el baño. ¡Interruptores! ¿qué ha pasado con ellos? No veo nada. Me pongo nerviosa, no me gusta la oscuridad. No me siento segura. Aunque prefería no usar esa opción, grito: “¡Mamá!”. Nada. Solo el sabor de la angustia se interpone al de las náuseas.”¡Mamá!” repito mientras palpo por todos los rincones de mi supuesta casa. Está vacía. Los muebles, la electricidad… ¡No hay nada! Quiero llorar, estoy asustada, mis sentimientos repercuten en mí el doble de lo normal. Es entonces cuando caigo torpemente de espaldas. Gruño. De repente, el sonido de una chispa y por consiguiente, la agradable sensación de claridad a tu alrededor. ¿Quién ha encendido la luz? El suceso debe de tener relación con los ojitos siniestros y asustados que me miran desde el fondo. Me recuerdan a los míos ¿será un espejo? La figura regordeta de la vecina sale de detrás de un armario que hacía esquina. Sin duda, no somos los únicos que dejamos las llaves en el buzón.

Julia Nieto Mantiñán 2ºB

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